El destino de los ex presidentes de la Argentina

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Fragmento acerca de los ex Presidentes argentinos.
“Estoy reducido a una sola pieza entre escombros y la lluvia que ahora mismo cae, persigue mis muebles y mi cama”, escribía en 1834, desde el exilio, el primer ex Presidente de la República.

Quedar en la miseria después de ser Presidente, como Bernardino Rivadavia, fue en los siguientes 170 años algo inusual. Les pasó, entre otros, a Santiago Derqui, cuya familia, en 1867, no tenía dinero para enterrarlo, y en menor medida a Hipólito Yrigoyen, estanciero depreciado. Pero más allá de su suerte económica, aquel hijo de la burguesía comercial porteña que hoy le da nombre a la avenida más larga del mundo, marcó el cargo con su propia trayectoria. Rivadavia dejó la Casa de Gobierno antes de lo previsto (renunció al año y medio) y sufrió persecuciones por el resto de su vida. Una sorprendente cantidad de Presidentes argentinos tuvo el mismo destino: mandato trunco, destierro, cárcel o ambas cosas, y final desdichado. Hubo una época en la que tomarse un buque a Europa al dejar la presidencia se hizo costumbre (antes de que se hiciera costumbre que los ex Presidentes fueran presos a la isla Martín García después de ser derrocados). Pero no fue lo mismo el periplo de Rivadavia que el de Roca. El largo autoexilio de Rivadavia hasta le permitió en París traducir del francés un libro sobre la cría de gusanos de seda. Roca se fue 16 meses y disfrutó de los primeros agasajos para un ex Presidente argentino, en la Alemania de Bismarck, en la Italia del rey Umberto I y en la Inglaterra victoriana. Y a José Figueroa Alcorta, el Presidente Roque Sáenz Peña le encargó representar al país en España. Pero era París lo que subyugaba a la clase alta. Por eso, Marcelo Torcuato de Alvear vivió desde allí el famoso 6 de Septiembre de 1930, día en que el Ejército derrocó a su sucesor.

Si ser Presidente – estar en la cumbre del poder y la gloria – no es fácil, ser ex Presidente -bajar de la cumbre- tampoco. Podría decirse que hay dos clases de ex Presidente: los jubilados plenos y los políticos infatigables. Están los que se van del poder y se retiran de todo, empezando por la política y la vida pública: un ostracismo más o menos voluntario que los convierte en jubilados de rutina vulgar. El récord en esta categoría pertenece a un Presidente de facto, el General Edelmiro Farrell. Cuando murió, en 1980, a los 93 años, había cumplido casi cuatro décadas como ex Presidente sin que nadie, prácticamente, se hubiera acordado de él. Es decir, del hombre bajo cuyo gobierno nació el peronismo y del organizador de los históricos comicios de 1946 en los que por primera vez triunfó Juan Domingo Perón. También es hoy el caso de Isabel Perón. Madrileña por adopción, devota infatigable, suele escucharse más de sus salidas a misa que de sus pensamientos, salvaguardados con una piadosa apatía por parte de la sociedad argentina. Nadie prestó atención, siquiera, durante la apertura democrática de los ochenta, cuando alguien dijo que ella habría de ser la candidata natural del justicialismo para volver a la presidencia. “No me atosiguéis”, fue la expresión -elocuente- con la que Isabel describió sus sentimientos de ex.

Por el contrario están quienes, como animales políticos que fueron para llegar a la presidencia, no pueden traicionar su esencia y siguen entregados a las luchas por el poder hasta el último suspiro.

El siglo XIX fue mucho más generoso que el XX en materia de ex Presidentes nunca jubilados, en parte porque la sensación de un país en el que estaba todo por hacerse no se llevaba bien con la idea de vacaciones vitalicias de sus líderes. Entonces era común que siguieran en el fragor – Mitre, Sarmiento, Avellaneda – motorizados por el afán de cristalizar sus ideas, de edificar la Nación, de servir a la Patria o, tal vez para volver a disponer del sillón de Rivadavia; sillón que, ya se sabe, Rivadavia nunca legó como no fuera en forma de metáfora.

Hubo ex Presidentes convertidos en hombres de reserva, de consulta. Como Carlos Pellegrini. Y estuvieron los reincidentes. En total, cuatro trataron de volver a la Casa Rosada, pero no en sus especulaciones intangibles -como en algún momento pudieron ser los casos de Urquiza, de Mitre, de Alfonsín- sino presentándose a elecciones. Uno no lo logró: el radical Marcelo Torcuato de Alvear es hasta hoy el único ex Presidente constitucional derrotado en una elección presidencial popular (sin contar, claro, a Italo Luder, perdedor de 1983, quien sólo había desempeñado la primera magistratura en forma provisional). En 1937, casi diez años después de dejar el poder, Alvear perdió contra Roberto Ortiz, candidato oficial del régimen que había industrializado el fraude. Dicen que en 1939, cuando postrado en su lecho de muerte Alvear seguía recibiendo correligionarios, replicó el reproche de su mujer con una definición exclusiva de un político full time: “¡Regina, dejame vivir!”.

Los tres que consiguieron volver a la Rosada – Roca, Yrigoyen y Perón -, son también los tres únicos que después de gobernar la primera vez siguieron dominando el escenario político de sus épocas. Roca volvió tras un intervalo de 12 años, Yrigoyen luego de 6 y Perón, de 17. A ninguno de ellos se le hubiera ocurrido quejarse de la faena como lo hizo José Figueroa Alcorta cuando el rey de Inglaterra le preguntó, en Londres, cómo le había resultado la experiencia de gobernar la Argentina. “Yo le respondí que los soberanos de los pueblos que tienen todos sus organismos acabados y perfectos no sospechan siquiera el trabajo que cuesta dirigir aquellos que carecen de organización completa”, contó el mismo Figueroa Alcorta, para rematar con lo que para él parecía un insufrible arroz con leche que le habían obligado a tragar desde niño: “No quiero volver a pensar en la política”. Pero Figueroa Alcorta, que había dejado la Casa Rosada en 1910 en manos de Roque Sáenz Peña (literalmente, porque Sáenz Peña hijo fue el único que se fue a vivir a la Rosada), no resultó al cabo un ex presidente ocioso. En 1915 Victorino de la Plaza lo convirtió con acuerdo del Senado en Ministro de la Corte Suprema de la Nación, la que llegó a presidir en 1929. Ese cargo tenía cuando murió, en 1931, bajo el primer gobierno militar.

Los dos ex presidentes asesinados de la historia argentina – con cien años de diferencia – pertenecían al subgrupo de los activos con ambiciones de retorno: en 1870, Justo José de Urquiza, de 68 años; y en 1970, Pedro Eugenio Aramburu, de 67.

En sólo una década Urquiza había saltado de la presidencia a la gobernación de Entre Ríos. Había sido derrotado por Mitre en Pavón y, una vez más habría reasumido como Gobernador, finalmente pensando en que desde allí podría catapultarse para presidir toda la República y no ya la Confederación. Transformado en un político más negociador, lo mataron sus antiguos partidarios, enardecidos. En cuanto a Aramburu, General golpista, insignia del antiperonismo, fue asesinado por los Montoneros, doce años después de haberle pasado el mando a Arturo Frondizi, cuando ya había ingresado de traje – es decir, sin uniforme – al amplio mundo de la política. En 1963 Aramburu, candidato de una alianza de la democracia progresista con UDELPA, había competido con Arturo Illia. Salió tercero, detrás dela UCR y la UCRI. Fue una experiencia única para un ex Presidente militar, pero en los setenta, cuando los Montoneros decidieron vengar, según decían, las peripecias del cadáver de Evita, Aramburu estaba siendo visto por algunos sectores como una figura potable para darle a la dictadura de Onganía una salida elegante.

Paradojas del autoritarismo, conseguir el favor de los votos fue el sueño -casi nunca confeso- de más de un Presidente de facto. A su modo, los generales Alejandro Lanusse y Leopoldo Galtieri (excitado por la toma de las Malvinas) recalentaron esa ilusión bajo el omnipresente espíritu de aquel par suyo ciertamente más hábil, ex Vicepresidente de facto, que supo como nadie qué se siente al devenir líder de masas: el General Perón. De los ex Presidentes militares, aparte del caso trunco de Aramburu, ninguno intentó zambullirse en la vida partidaria. José Félix Uriburu (que gobernó en 1930-32) murió dos meses después de dejarla presidencia y Pedro Pablo Ramírez (1943-44, falleció en 1962), Juan Carlos Onganía (1966-70, falleció en 1996), Roberto Marcelo Levingston (Presidente en 1970), Jorge Videla (1976-80), Roberto Viola (1981, fallecido en 1994), Galtieri (1981-82) y Reynaldo Bignone (1982-83) se recluyeron en sus casas y evitaron las apariciones públicas. Su vida social quedó restringida a los círculos militares y a selectos puñados de civiles: ex ministros, subsecretarios, viejos asesores de lealtades inquebrantables. En ocasionales brotes verbales, más a tono con el bando castrense que con la reflexión académica, los ex Presidentes militares probaron que el paso del tiempo no había conseguido mellar sus creencias primitivas sobre los sucesos que cada uno de ellos protagonizó. Ninguno se movió un ápice de las líneas argumentales que habían desplegado cuando manejaban los destinos del país a sus anchas. Se los privó de prestigio social; más aún: de Videla en adelante fueron ostensiblemente repudiados.

Distinto resultó el caso de Lanusse (1971-73, fallecido en 1996), hasta ahora el único ex Presidente que publicó sus memorias, y el único ex dictador que revisó con sentido crítico el comportamiento del partido militar, no sólo en cuanto al golpismo sino a la represión ilegal ejecutada por sus pares del “Proceso”.

Quien antes capturó el interés de los biógrafos en la era moderna (fuera del caso especial de Perón, el único que ganó tres elecciones presidenciales) fue Frondizi, rara amalgama de intelectual y hombre de acción. Derrocado en 1962, Frondizi no volvió a ocupar cargos públicos (murió en 1995), pero tampoco abandonó la vida política (en 1973 fue aliado del peronismo en su retomo al poder) ni dejó de hacer oír su voz sobre la marcha del país, tanto en los tumos civiles como militares.

Esa alternancia, que había arrancado en 1930 y se prolongó hasta 1983, frustró en la Argentina la posibilidad de que, como en Estados Unidos, los ex mandatarios contribuyeran con su prestigio a representar a la nación. País curioso: en una ocasión confluyeron quienes resultarían todos los Presidentes peronistas del siglo XX -Perón, Isabel, Cámpora, Lastiri y Menem- a bordo de un avión, el famoso chárter que repatrió al general el 20 de Junio de 1973. Pero las combinaciones de ex a menudo quedaron imposibilitadas por incompatibilidades políticas. Hoy mismo a nadie se le ocurriría convocar a todos los ex Presidentes vivos para una foto: se trata de Levingston, Isabel, Videla, Galtieri, Bignone, Alfonsín y Menem.

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